En este espacio publicaré intempestivamente muchos de los pensamientos, sentimientos e ideas que hacen de mi vida cotidiana un proceso.
Escritos literarios intempestivos
Ya no hace falta esconder las miradas aparentando que todo se tiene. Por lo contrario, hay que guardar el luto ya perpetuo de la partida, del desahogo y de la rendición. No hay marcha atrás frente al enorme torrente de realidades que se avecinan. Dicho propiamente, el sueño se ha roto por un instante descuidado por nosotros y tomado subrepticiamente por los demonios vestidos de noche. En ello he encontrado sólo sombras e inquietudes perdidas en el tedio de la mediocridad. Se ha desvanecido la capacidad de romper y arrasar con prejuicios. A su paso sólo se ha conformado el hastío de lo cotidiano y lo patológico de las formas. Ha devenido todo en un sinsentido sin la esperanza de recuperarlo. Lo patético se ha mudado sin la menor evidencia de su mutabilidad. Sólo los demonios de mi conciencia son capaces de explicar cómo ha sucedido tal tragedia. Lo trágico de mis andares es sin duda la ausencia de mi soledad y la apatía con la que dejaré el sueño que constituye este espacio lúdico y sumamente expresivo. Si sólo pudiera retornar unos instantes y remediarlo! El sueño, sin embargo, es mágico intrínsecamente y espero paciente para que su realidad trascendental vuelva a sus orígenes y me despierte con un beso matutino que anuncie la llegada, o mejor dicho, la partida hacia otro horizonte descubierto por mis ojos entreabiertos y vivaces. Caminaré, pues, entre las saudades llamadas calles y meditaré intensamente sobre los horizontes venideros que trae consigo la nueva ventana de este espacio...
El padecer
El infierno se vive de muchas formas; desde la delicada sonrisa permitida de la arqueología del poder hasta la ya interna sofocación de uno mismo en sus propias paredes psicológicas. La segunda goza de mayor aceptación entre los seres humanos. Desgarrarse desde dentro y saberse dentro del círculo perverso de las percepciones.
Lo patético: es expresión sublime de lo dinámico, de lo perverso corriendo entre las venas de la naturaleza, de esa naturaleza encarnada en nuestra consciencia que nos dilata como mirando hacia el sol; recorrida por el asombro y la desesperación; entre ramas y sombras que atraviesan los pasos; que los acompañan de manera intensa, bloqueando el pensamiento hasta dejarlo lejano, transcurriendo lento, como si se hallara en calma. Palpita de nuevo ese tono y vertiginoso sentimiento como siempre, arrulla de manera engañosa mi conciencia: vuelo entre esas nubes de la inconsciencia cual si fuera hijo único de la naturaleza. Entre sus brazos murmuro todo conocimiento posible, haciendo círculos desgastados, que penetran la tierra desdeñando su vacuidad y su inevitable sucesión. Surgen todo tipo de pensamientos bajo su mirada, aunque uno se constituye como lo más mundano y presente, como si todo girara a su alrededor: la desesperación. Que consume, que anima, que detesta lo banal y retrocede ansioso por la ruptura, la des-unificación, la desesperanza sin vacilación, los recuerdos y el ensimismamiento propio, convertido en la unidad, egolatramente dispuesto a la sinuosidad, y desde luego al impulso, al afán, al sentimiento. Sentir se convierte en el verbo central de su acción, no por su significado, sino por la incursión del yo mismo en su propio actuar, en la individualidad exaltada en tonos, momentos, divinidad desbordada. Corroe de nuevo tus entrañas el sentir, que nunca deja de provocar dolor aterrador y desolador. El pathos como única salida, la nostalgia como la única fuente de vida. Nuevamente entre la brisa del desasosiego nace una tranquilidad sui generis que relata la historia de vida del padecer y sus resquicios desvanecedores que cobran vida entre tranquilidad y desesperación. Aquella manera de sentir sólo es prueba de la divinidad incorporada en el actual, el sentir, el representar. Suaves las gotas caen repentinamente en su superficie; naturaleza disparatada que nos muestra la liviandad de nuestro ser.
Andar sobre la superficie reconforta sin lamentos. Gira de manera siempre cíclica y se recuesta en el reconocimiento de la otredad, de su perspicaz animación entre los sentidos, entre los paisajes de vida y formas inmanentes; mostrando de manera ambigua su confianza en la voluntad divina y reconciliación futura. Mareadas de aires reviven al unísono, como si el andar tuviera pasos seguros. No engaña la andanza, sino confunde. Muestra ese sentimiento de extrañamiento por el mundo, andando por el mundo. Saliendo de la conciencia de sí y retomando la unidad aparente de los ya meditabundos soliloquios des pasado. Como una especie de sedación se muestran los sentidos; como si la anestesia de la muerte temprana perdurara entre los escombros de lo ya finito. El juego eterno de la infinitud haciéndonos creer en ella. Repentinos silbidos de pasión, de tranquilidad enajenada. Vuelos súbitos de miedo e impotencia se me figuran; todos ellos entre la niebla y el ya cansado andar.
Despertar nuevamente entre los escombros con renuente diversidad de pensamientos, de visiones creadoras que se muestran renuentes a la identidad. Desprovistos del cansancio anterior resplandecen y corren a lo largo de los senderos; valientes y majestuosos como el afán que siempre los impulsa, que los ennoblece callando todo pesimismo. Vuelven a crear los destellos de la vida el mundo distinto del observado. Luego del padecimiento salen a la luz todos estos brillos, que saltan, empero, como raíces buscando la luz. El viento no puede detenerlas de ningún modo, pues la infinitud lleva a puerto toda su voluntad, enarbolando con armas diversas sus fines internos y llenos de arbitrio. Estos se imponen con fuerza creadora a los escombros y piden espacio e irrumpen ante la escena de la naturaleza como fuente primaria de vida y auto-afirmación.
En aquél café
Otro recuerdo viene a mi mente de manera repetida y difusa: es aquél café sombrío y burgués de una tarde de noviembre que fue elegido al azar, que mantenía ese aire intelectual de occidente tan olvidado estos días. Sí, lo recuerdo de manera misteriosa entre neblina publicitada por un rencór ya conocido. Era una tarde, como decía, de noviembre, que despedía la luz del día que entraba en una constante oscilación de vida y olvido del mundo simultáneamente. Entrar en aquél espacio me haceía recordar sus hermosos labios rojos sin barniz, que me regocijaron durante meses. La música de fondo y los sonidos que incitaban al pecado son fuente de recuerdo contínuo, que nunca acaban y que aún en la lejanía son un altar de verdades y desastres.
Esos labios eran los de la amante más letal y absorbente que el pensamiento haya conocido. Las salas mostraban destellos de arte y representación; la música ahí fundida se manifestaba de manera intermitente. Aquella sombra de la amada sólo repetía constantemente su fulgural insania por la contemplación, por el escrupuloso estudio de su mismo desarrollo. Aquella tarde, siempre en mi mente, se perpetua en cada recuerdo. No hace falta poner cuerpo a esos labios, sólo sentir la pasión que te involucra tibiamente y termina por arrastrarte a sus brazos poseídos por el entusiasmo más racional conocido. No he dejado de verla, no he dejado de escucharla; la busco constantemente o me encuentra, da lo mismo. Nos posee, quiero creerlo, en la misma medida la pasión, aunque queda siempre el riesgo de desbordar lo nunca antes tenido en pos de aquella figura ideal que renace y se glorifica en mis recuerdos. También entre sueños se hace presente su mirada, así como mis ansias por encontrarla. Vivencias todas que quedan desnudas al inconsciente ya entretanto somnoliento que camina sin destino entre sus ruinas. Una de las preguntas más interesantes que se puede realizar en la vida no es, como para muchos literatos lo es, el sentido de la vida o de la existencia, sino el sentido de la no existencia, de la nada, de lo que no es sino en el pensamiento. Hablo, desde luego. De la metafísica racional galopando sobre los hombros cansados y viejos de lo empírico, de lo convencional y establecido. Los límites de su reinado de lo fijo siempre han de ser transpasados por la bala resplandeciente de la nada y sus sorpresas tan sutiles. Es por ello que ahora sólo me dedico a la alegoría de la vida dentro de su propia expresividad, entendiendo siempre este actuar como radical y completamente indeterminado. Decido, así, sin otro objetivo que la busqueda por la vida, recorrer sus misteriosos resquicios y túneles, así como sus resplandores materializados en encuentros fortuitos y llenos de sentido.
El Encuentro
Los vacíos que me recorren de manera permanente se han expandido como peste incesante. Los vuelos de pájaros envidiados no me tranquilizan en lo absoluto, sino que sólo agudizan una crisis evidente que se enlaza de vez en vez con mis proyectos ya de por sí fijos. Hablo de la vida tan intensamente recorrida que finalmente te enfrenta y te hace pagar como si fuera la más cruenta deuda de juego. Escapar ya es muy tarde y sólo volcaría mis esfuerzos penumbrosos hacia un fracaso anunciado. Sólo contemplo mi cuarto que yace sin cortinas y mis ventanas cerradas al invierno y a las inclemencias del tiempo. Sólo recuerdo mi pasado en silencio, solo entre un mar de sentimientos y anhelos que nunca se materializarán. Pero me he acostumbrado a este pathos interno y sobre su manto áspero escribo notas sin afán de trascender. He conocido en estos ultimos días, dentro de todo, a un personaje que es digno de mención. Relataré sus conversaciones como propias y rememoraré sus intensas enseñanzas que en parte han creado dentro de esta situación un espacio de tranquilidad. Caminaba como de costumbre por las calles de la ciudad, entre los pasos más silenciosos y desapercibidos. Había ya forjado un par de cigarros para poder descubrir la confusión del humo seco y la neblina. Era uno de esos días fríos que te hacen sentir como si la reflexión llegara a tus pies en busca de un portador. Bajo la misma apariencia cínica y derribada de siempre de sus habitantes se encubren siempre seres como del que a continuación relataré.
Los vacíos que me recorren de manera permanente se han expandido como peste incesante. Los vuelos de pájaros envidiados no me tranquilizan en lo absoluto, sino que sólo agudizan una crisis evidente que se enlaza de vez en vez con mis proyectos ya de por sí fijos. Hablo de la vida tan intensamente recorrida que finalmente te enfrenta y te hace pagar como si fuera la más cruenta deuda de juego. Escapar ya es muy tarde y sólo volcaría mis esfuerzos penumbrosos hacia un fracaso anunciado. Sólo contemplo mi cuarto que yace sin cortinas y mis ventanas cerradas al invierno y a las inclemencias del tiempo. Sólo recuerdo mi pasado en silencio, solo entre un mar de sentimientos y anhelos que nunca se materializarán. Pero me he acostumbrado a este pathos interno y sobre su manto áspero escribo notas sin afán de trascender. He conocido en estos ultimos días, dentro de todo, a un personaje que es digno de mención. Relataré sus conversaciones como propias y rememoraré sus intensas enseñanzas que en parte han creado dentro de esta situación un espacio de tranquilidad. Caminaba como de costumbre por las calles de la ciudad, entre los pasos más silenciosos y desapercibidos. Había ya forjado un par de cigarros para poder descubrir la confusión del humo seco y la neblina. Era uno de esos días fríos que te hacen sentir como si la reflexión llegara a tus pies en busca de un portador. Bajo la misma apariencia cínica y derribada de siempre de sus habitantes se encubren siempre seres como del que a continuación relataré.
Como cualquier estudiante de filosofía, nunca me había importado ni la apariencia física, ni había sido digno de mi atención la crítica ramplona, que ya es un hito en la sociedad actual. Además, para los fines de cualquier escritor serio (sin ofender a Proust), lo más importante es la descripción del carácter, de los gestos, del lenguaje intrínseco de las formas de conducta y no la vacía detonación de gustos al escoger para vestir una prenda roja en lugar de una azul. Este personaje, cuyo nombre no es ni siquiera relevante, fumaba igualmente un cigarrillo y cabizbajo se reconfortaba en sus pensamientos. Así lo percibí desde la vitrina del café “Noir” sobre una de las calles principales. Entré de manera ansiosa, como impulsado por esa necesidad de conversar, transmitir y ser entendido desde lo más profundo del lenguaje del corazón. Él daba cuenta claramente de un carácter perspicaz y observador. Miraba de manera detenida a cada uno de los clientes que desfilaban por el lugar, como si supervisara en algún sentido la entrada y salida de cada uno de ellos. Parecía que mi presencia, por así decirlo, era un suceso esperado, pues hizo espacio entre sus libros para que pudiera sentarme a su lado. Si tuviera que definir su personalidad recurriría a la de un Fausto contemporáneo; amante de la vida prohibida como un Werther, extemporáneo como un Extranjero, seductor kierkeggardiano y soñador de la rua dos Douradores. De manera subrepticia quise entenderlo desde su psicología, pero fue demasiado intensa su mirada como para siquiera intentarlo. Decidí por ello, concentrar mis esfuerzos en entender sus palabras como un estudiante que escucha a su mejor maestro. Comenzamos a charlar inmediatamente que me postré frente a él, deslizando mis maltratados libros sobre la mesa.
̶ Es difícil descansar entre tanto innecesario quehacer . ̶ Comentó
A lo que respondí impulsado por una extraña manía ya conocida en mi infancia que me generaba reacciones suplementarias o generadoras de más posibilidades, ¡No cuando se ha decidido no ser obra de este mundo!
Sonrió y siguió. No hay más que dos caminos justamente para comprender la naturaleza humana: O bien se deja uno llevar por eso que se ha nombrado desde hace siglos “las reglas de naturaleza”, descubriendo simplemente cada una de las explicaciones ya postradas con anterioridad detrás de esos arbustos que llamamos saber científico. O bien recorremos los caminos de la naturaleza libre e instintiva del ser humano, tratando de entendernos a nosotros mismos en este complicado andar entre enajenaciones e intentos de liberación súbita y expresiva. Lo que se haga de manera alterna o es una simple pérdida de sentido o una renuncia a la vida.
Sus ojos dejaron entrever una ternura infinita que no olvido desde aquél día. Y no me refiero a la ternura que se produce al escuchar hablar a un anciano querido o a un condenado a muerte. Era más bien esa sensación de olvido entre la distancia, como si la voz de ese ser humano arrastrara las huestes de la humanidad ya cargada antaño y las depositara frente a un tímido que intenta introducirse en las fuerzas misteriosas de un río salvaje. Esa profundidad dejó un silencio sepulcral en esas calles llamadas memoria y vaciaron de sentido cada una de las vivencias en mi vida como ningún otro comentario. Encontrado entre mis fuerzas y esfuerzos por entender la naturaleza humana, decidí enfrentarme a ese personaje y descubrirme al mismo modo como un ser finito y obtuso. Proseguí y tejí instante por instantes ese tejido llamado intersubjetividad con la siguiente pregunta:
̶ ¿Qué sentido tiene la vida, la existencia si uno se consagra de alguna manera a una de esas posibilidades ya mencionadas?
̶ La vida no es más que el ejercicio inconsciente de la voluntad. ̶ Respondió y prosiguió. Como ya lo han explicado infinidad de pensadores en distintas épocas, no basta sino mirar la inconsciencia en la que se ha autogenerado la humanidad. Esta inconsciencia no es más que la acción intencional de los seres humanos. Por eso es fácil ver que no hay continuidad ni progreso en la vida, sino sólo acciones.
Años atrás había confirmado, sin tener conciencia de ello, que esa historia es hecha a través de esa voluntad personal o colectiva, casi nunca consciente, misma que sólo materializa deseos, pasiones, odios, rencores. Las palabras de aquél personaje misterioso y apasionante me habían recordado repentinamente y de modo intenso aquellos días de juventud rebelde universitaria. Las asambleas clandestinas y públicas a las que me consagré por casi un año, recobrando mis lecturas marxistas entre ideales e ingenuidades casi típicas que nos llevo a la psicosis colectiva. Era tan catártica la sublimidad de la fusión entre teoría y praxis que nos poseía cada noche, cada charla, cada intento de propuesta adelantada a la asamblea que tendría lugar el siguiente día; desde la salida propagandística informativa hasta el convencimiento racional de una lucha que no permitía vacilación y que se enfrentaba a la reacción autoritaria. Recordé que los motivos que llevaron a Fernando a la muerte eran radicalmente opuestos a los que me llevaron a esa mesa, en un mundo pasivo, y que me hacían recordarlo. Entre flores del mal cristalizadas nocturnalmente, bajo ese encanto que nos atraía a la periferia, como si buscaramos perpetuidad entre las tinieblas transgresoras de la autoridad. Pensaba, sin vacilación, que esa misma voluntad había llevado a mi amigo a la selva suramericana donde terminarían sus días. En cambio, afortunada o desafortunadamente, otro deseo me había llevado a esta ciudad vieja que me reencontraba con mis recuerdos y me enfrentaba a mis demonios entre conversaciones.
Seguía fascinado escuchando al sujeto misterioso y mirando sus profundos ojos azules.
̶ ¿Ha conocido el amor? ̶ preguntó repentinamente.
Yo no habría podido responderle inmediatamente, pues mis recuerdos estaban entre huelgas estudiantiles, remenbranzas lejanas de un amigo profundo y un ardiente sentimiento frustrado libertario. Cómo responder a semejante pregunta cuando lo que atravesaba como un rayo mi memoria era esa voluntad inconciente concretizada.
Él mismo siguió ̶ No hace falta conocer un sentimiento para hablar de él. Yo nunca he experimentado el fracaso, aún en aquellos momentos en los que para una persona mundana un rechazo femenino deja más cicatrices que un ataque feroz de un león. Es posible hablar de las maravillas del mundo y sus espejismos sin haber visitado cada una de sus ciudades. La vida es una misma historia, pues el tipo de seres humanos se reduce a pocas posibilidades Lo curioso, sin embargo, es que la mayoría de los seres humanos pertenece a la clase enajenada o, en términos heraclitéanos, a los que gozan de un sueño terrible que los condena a su ignorancia.
Fatigado por el estruendo de mis palpitaciones ya cotidianas, lanzo un ánimo con suspiros bajos llenos de sentido. Hambriento sin la habitual ansiedad recorro los pasos cabizbajos de la realidad, que me enfrenta con simpatía.
Celebración
Justo hoy (30.11.11)
se conmemoran 75 años de la muerte de mi escritor favorito.
Justamente hoy también cumplo 29 años de vida. Rara es la
coincidencia, aunque nunca he creído en tales sucesos. Lo cierto es
que en unos días visitaré la tumba de ese extraño ser que da vida
a mis ya muertos días y da sentido a un camino que no tiene brújulas
ni espera llegar a buen puerto. Sus recuerdos dejan de la Rua dos
Douradores todo sobre mis pesados andares. Ansío de manera tímida
el encuentro conmigo mismo. No la vacía visita con lo anticuario o
lo retorcedura de verdades de la vida del turista, sino busco la
redención de mi ya cansada alma en los instantes de recuerdo. A
continuación mis encuentros con el Fado.
El sentimiento
no-trágico del Fado
Andando sin sentido
y admirando los ya reservados lugares ocupados por los destinos
atemporales me descubro nuevamente. Ahora bajo la custodia de
recuerdos imprestables que se materializan cada instante en su autor
experimento realmente mi ser. Son contadas las veces que uno puede
recorrer Lisboa como si fuera el corazón propio. Y es que esta
ciudad europea olvidada (nota: ella se olvida a sí misma
intencionalmente) genera una atmósfera de saciedad y disfrute del
pathos de la experiencia misma. No es necesario aquí intentar
reforzar la idea de una revelación de los sentimientos que se
deleitan y que, sobretodo, se resuelven de manera trágica. La
intencionalidad no refiere necesariamente a un objetivo que se
suprime o se resuelve a partir de disolución de una contradicción
interna entre dos polos representados por la subjetividad humana y la
realitas. Justamente es una salida no trágica. El fado
descubre su esencia en el saberse a sí mismo como inconcluso,
inmaduro, aprisionado e insatisfecho. No es necesario transformar los
sentimientos apresados en uno mismo, sino experimentarlos,
contemplarlos y de este modo, vivirlos. La necesidad de afirmarse
como inmaduro es la fuerza y sentido en el fado.
Recorriendo las
venas de mi corazón (con dedicatoria)
Desde ya hace algún
tiempo recordaba las verdades y mentiras de mi actuar. Me encontraba
demasiado cansado como para descubrir el mundo que me había creado.
A veces pensaba que no era necesario recorrer constantemente estas
heridas y experiencias en mi corazón. Hoy advierto que lo es. Una
extraña sensación se apodera de mí y me hace escribir estas
líneas. La pregunta central de mis elucubraciones es la siguiente:
cómo es posible autoconstituirse en la reflexión? Dos respuestas
saltan al paso. Una de ellas es la notoria fuerza de empoderamiento a
la que da lugar el reconocimiento. La otra, es la consecuencia
interna de dicha acción. Para ser más claro podría valerme del
concepto del amor: aquel encuentro consigo mismo desde la
exterioridad. Y la complejidad radica en intercalar dos aspectos de
nuestro psiquismo: la vida interna y la externa. No constituye ningún
secreto que nuestros pensamientos contengan esta dualidad; el
verdadero problema es hacerlas interactuar. Cuando hablo de mí
mismo, cuando actúo de tal o cual forma, sólo estoy sintetizando
estas dos esferas. La única forma hasta ahora conocida de la
autoconstitución, es la reflexión. En ese momento del actuar-pensar
dejo de ser ese sujeto que se ensimisma y que se encierra entre
soliloquios. Hablo de mí mismo frente a otro, que también siente.
Las barreras entre ese otro y mí mismo, son sólo una ficción. En
realidad cuando hablo de mis sentimientos frente al otro, me
reconozco al hacerlo, es decir, necesito decirle al otro lo que
pienso, para poder pensarme. Es justamente el amor el que hace
plausible esta dinámica interna. Nada vale más en tal situación
que la confrontación dialéctica que produce la trasmisión de mis
sentimientos y la recepción de los mismos. De ahí que el resultado
de esa dinámica tenga que ser susceptible de una nueva reflexión.
Este idilio intersubjetivo se vuelve interminable e inmanejable. Mis
sentimientos dejan de ser sólo míos y se barruntan de vida y
alteridad. Los disfruto de una manera tan intensa porque dejan de ser
sólo míos; me deleito en las venas de este corazón que crece y se
entremezcla con la cultura, con lo distante, lo desconocido. En este
largo andar me pierdo y lo hago conscientemente. Ahora no teorizo,
sino vivo y siento al otro, perdiéndome y sobretodo creciendo en
este empoderamiento que no controlo.